Sin haber tenido la oportunidad de adentrarme en la inmensidad y la belleza del país que me acoge, el destino ha querido que fuera Chile mi primer país latinoamericano por descubrir. Diez intensos días, decenas de horas de autobús y muchos bonitos momentos en lo que hemos calificado, por unanimidad, como “el país agradable”.
Santiago me sorprendió. No me lo imaginaba así. Es una ciudad muy europea, tranquila y bastante acogedora, pero le falta algo del encanto latinoamericano o, mejor dicho, porteño, del que me he ido impregnando desde que llegué. No obstante, reconozco que son impresionantes los minutos antes del aterrizaje en el aeropuerto, viendo los Andes nevados… Impagable.
A destacar dos curiosidades de la ciudad: los “cafés con piernas”, en los que mujeres ligeritas de ropa sirven café y bebidas no alcohólicas, y a los que los hombres, en su mayoría, van a “despejarse”. Muy curiosos, aunque debo reconocer que vi los más formales, a muy pocas cuadras me perdí los de cristales oscuros que os podéis imaginar que son algo menos "serios"… El otro aspecto que me sorprendió fue la cantidad de perros abandonados que se veían por las calles, tirados en el asfalto como si estuvieran muertos. Impactante.
Aunque no fue fácil descartar la patagonia chilena, las enormes distancias y el limitado tiempo nos obligaron a decidir conformaros con ver, en un futuro próximo, la argentina. Mientras tanto, disfrutamos de una pequeña ruta por la región de los lagos, con parada en Pucón, Valdivia, Puerto Montt y la Isla de Chiloé.
El día en Pucón dio para adentrarnos en la belleza del paraje, con vistas del volcán y baños en el lago y en las termas al aire libre. Un lugar que merece la pena visitar...
La incursión valdiviesa fue improvisada pero interesante, y de allí partimos, con fugaz escala en Puerto Montt, hacia uno de los destinos principales de nuestro viaje: Chiloé.
Aunque las muchas horas de autobús supusieron menos de un día en la isla, y menos de un cuarto de hora en Castro, conseguir llegar a la playa de Cucao, perdida en el Pacífico, hizo que mereciera la pena. Mientras tanto, nos adentramos de lleno en lo más profundo de la cultura chilena.
Tras la más larga de nuestras jornadas autobuseras, el jueves amanecimos en Valparaíso. Absolutamente nada que ver con todo lo que habíamos visto hasta entonces.
La ciudad, sus cerros y las casas de cientos de colores nos robaron dos días que sólo rompimos con una pequeña escapada a Isla Negra para seguir fascinándonos con la vida de Pablo Neruda y, sobre todo, con los espacios en los que se gestó su obra. ¿No me digáis que amaneciendo cada día con esas vistas no seríais capaces de escribir como él?
Viña del Mar iba a ser otro de los lugares a suprimir en caso de falta de tiempo, pero una buena organización nos permitió poner un bonito broche de oro al viaje con una tarde de relajo en la playa.
En definitiva, un gran viaje...
Qué bonito!!!!!! La foto de Santiago es igual que las imágenes que salen en las telenovelas,jejej
ResponderSuprimirTía, te juro que entre las fotos que son impresionantes y lo que cuentas me ha dado la impresión de haber viajado mientras te leía....muchas gracias guapa!
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